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14.3.10

Philip K. Dick: Un juego de palabras contra la droga y la locura

©1985, Paco Ignacio Taibo II |

Artículo publicado originalmente en el número 15 de la revista Encuentro de la Juventud del CREA, en abril de 1985. Este mismo trabajo, con permiso del propio Taibo, se reprodujo en el primer número de esta Langosta en diskette.

"Un novelista suele llevar constantemente consigo aquello que la mayoría de las mujeres llevan en su bolsa; muchas cosas inútiles, algunos utensilios esenciales y también, para completar el peso, un montón de objetos que pueden situarse entre ambos extremos".
    El autor de esta frase murió hace tres años (en 1985. Hoy suman ya 28 años de aquel suceso -aclaración Langostera), y eso siempre molesta. El que escribe preferiría estar hablando de alguien vivo, o por lo menos de alguien de quien no supiera que el dos de marzo de 1982 murió tras haber sufrido dos ataques cardiacos en un breve lapso de tiempo y cuya última novela no será la próxima, porque no habrá próxima.
    A Philip K. Dick me acerca su coqueteo con la locura y su odio contra el estado policial. Me acerca el haber leído a lo largo de 20 años casi todas sus novelas, con el seguimiento de un aficionado bastante crítico y no casado de entrada con el autor, pero siempre dispuesto a dejar que Dick abriera una nueva puerta o me propusiera una nueva locura.
    De Dick me aleja su coqueteo con la locura, asumido de esa manera tan absoluta que lo llevó a sumergirse en el mundo de la droga durante muchos años, o a estudiar todas las religiones conocidas para poder escribir con solidez y autoridad de ellas. De Dick me aleja el haber leído casi todas sus novelas y el ya no poder leer ninguna otra más.
    Philip K. Dick se fue a los 54 años, tras varios matrimonios fracasados, varias etapas de locura y hospitalización, varios lapsos de tiempo en que su cerebro se encontraba "más lleno de agujeros que un queso gruyere" por el uso de alucinógenos, más de 20 novelas de éxito variado, y muchos, muchos años de soledad y búsqueda de algo inatrapable.
    Dick nació en 1928 en Chicago, de una madre que trabajaba en la censura y un padre reaccionario militante. No es de extrañar que pronto dejara el lugar y pusiera la mayor cantidad de kilómetros entre él y su infancia, instalándose en California donde estudia y ronda, malvive y supervive en el área de Berkeley. Desde los 25 años escribe ciencia ficción y comienza a publicar cuentos casi enseguida en Fantasy and Science Fiction, Planet Stories y Fantastic Universe.
    Tiene 27 años cuando se publica su primera novela Lotería Solar, al año siguiente se conocen otras dos El Tiempo Doblado y Planetas Morales.
    De estilo llano, tramas no excesivamente complejas, una crítica política a la sociedad un tanto inocente, sus primeros libros se incorporan suavemente a las bibliotecas de los seguidores de la Ciencia Ficción.
    Convertido en un escritor profesional es presionado por el macartismo en 1957, pero el hecho de que trabaja en un género como la Ciencia Ficción, casi incomprensible para la mentalidad inquisidora y policiaca, lo mantiene a salvo de las listas negras y las persecuciones, aunque en su cuarta novela Ojo en el Cielo refleja con precisión el paso de la ley por su casa.
    También en 1957 aparece Muñecos Cósmicos. Dick sin ser una de las primeras figuras de la Ciencia Ficción norteamericana, comienza a ser una presencia de sorprendente regularidad en el gusto de los lectores, sus libros aparecen publicados en francés y en español.
    Sin embargo, no va por ahí la cosa. Entre 1954 y 1959 ha escrito una serie de novelas experimentales que son rechazadas por los editores.
    En 59 y 60 aparecen otras tres novelas de Ciencia Ficción: Time out of Joint, Dr. Futurity y Vulcan's Hammer. Aquí se acaba la etapa hiperproductiva del autor. Una crisis matrimonial y el desajuste entre lo que quisiera escribir (y quién sabe qué sea), lo que escribe "en serio" (y nadie le publica), y lo que escribe en Ciencia Ficción (y tiene éxito aunque no lo convenza demasiado), lo desgarra.
    En 62, con un nuevo matrimonio a cuestas que no resulta demasiado satisfactorio, comienza a jugar con la Ciencia Ficción y escribe ayudado por el I Ching, un libro brillante: El Hombre en el Castillo, una novela de política ficción situada en una Norteamérica en la cual los japoneses se pasean triunfantes tras haber ganado la Segunda Guerra Mundial.
    La novela le da el éxito en el ámbito de la Ciencia Ficción y conquista para el autor el premio Hugo y millones de ejemplares vendidos en todo el mundo.
    Así se reinicia su carrera, ahora con la ayuda de las anfetaminas, que ha descubierto en una de sus crisis depresivas. Produce entre otras obras: Torneo Mortal, Tiempo de Marte, La Penúltima Verdad y una novela muy bien armada Los Simulacros.
    Los temas favoritos de Dick comienzan a perfilarse con claridad: alucinógenos, dobles realidades, mundos paralelos, sociedades cercadas en cuya cúpula habitan monstruos, intrigas generadas por el poder para mantener al pueblo idiotizado, colonias estelares masacradas por la rutina y el hastío, al haberse llevado los humanos con ellos toda su incapacidad para regenerar la vida, estados policiacos, mundos históricos paralelos, contacto con los muertos.
    En 65 logra una nueva aproximación al premio Hugo por Los Tres Estigmas de Palmer Eldrich, y otra buena novela Dr. Blood Money, sobre el pánico nuclear.
    En los siguientes años da a conocer: Zap Gun, Ubik, Mundo contra Reloj, ¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? (en el cine Blade Runner), y Gestarescala.
    A fines de los 60, la droga comienza a minar seriamente su salud, ha probado todo tipo de alucinógenos, ha escrito varias de sus novelas parcialmente drogado, se ha visto obligado a reescribirlas, su producción es muy irregular, sufre crisis depresivas.
    En un excelente artículo dedicado a la memoria de Dick en la revista española Nueva Dimensión (del que he tomado la mayoría de los datos biográficos del autor), Juan Carlos Planells narra:
    "La decadencia de Dick empieza ese año de 1970. Abandonado otra vez por su nueva mujer, abandonado también por sus amantes ocasionales, casi sin dinero, con su casa permanentemente invadida por extraños personajes que campean allí por sus respetos y se llevan cuanto se les antoja, Dick cae en una profunda crisis y decide abandonar la literatura por segunda vez. Contribuye a ello el tener que prescindir de las anfetaminas y demás estimulantes que le mantenían en continua producción en los años anteriores (...); en noviembre de 1971, al regresar a su casa de San Rafael encontró que una bomba había estallado destrozándola. La policía no se interesa particularmente por el atentado y se limitan a aconsejarle que cambie de aires por una temporada. Al mismo tiempo Dick recibe varios avisos anónimos y llamadas notificándole que le matarán allí donde se encuentre".
    El mundo paranoico de sus novelas ha invadido la realidad. Dick se refugia en casa de otro escritor de Ciencia Ficción y luego ingresa en una clínica para desintoxicarse, aunque tiene una pancreatitis ganada, lesión permanente que lo marca y condiciona. De estas tremendas experiencias nacen dos de las más brillantes novelas de la Ciencia Ficción contemporánea: Una Mirada a la Oscuridad y Fluyan mis Lágrimas, dijo el Policía.
    En ambos libros están marcadas las tremendas experiencias de Dick en esos años y dos de sus eternos materiales: el mundo de las drogas y el superestado policial.
    Una Mirada a la Oscuridad lleva un dramático epílogo donde el libro es dedicado a un grupo de amigos de Dick, siete de ellos fallecidos, cuatro con lesiones cerebrales permanentes y tres con diversas lesiones producto del uso de la droga. Dick describe su novela no como un producto "moralizante" ni como una "visión burguesa" sino como una denuncia del "enemigo", la droga, un juego sin salida que llevaba a la muerte.
Fluyan mis Lágrimas, dijo el Policía, se concentra en la denuncia del estado policial. Acorde a la posición del autor expresada en una conferencia en los siguientes términos:
    "La idea que se aferró a mi hace 27 años y que nunca me ha soltado, es ésta: toda sociedad en la que la gente interfiere con la vida privada de los demás no es una buena sociedad; todo Estado en que el gobierno "sabe más que usted", es un estado que debe ser derribado. Ya sea una teocracia, un estado corporativo fascista o un capitalismo monopolista reaccionario o incluso un socialismo centralizante".
    A mediados de los 70, produce otras dos novelas: Sivaini y The Divine Invasion, de nuevo sobre un juego de realidades, con una estructura argumental francamente compleja.
    Leer a Dick es una experiencia extraña y absolutamente diferente. Sus libros son extraordinariamente sugerentes, a ratos dejan la sensación de estar desarmados, mal rematados, deshilvanados. Otras veces la fuerza de la historia conquista al lector. A veces la sensación de que hay una doble mente detrás de la máquina de escribir, o de que se está asistiendo a un fenómeno de seudo-lucidez nos invade. A pesar de estas sensaciones (no se puede dejar de pensar que una buena parte de su producción está escrita en otra dimensión, la alimentada por las alucinaciones), Dick cautiva. Su crítica radical, su extraordinaria imaginación, la calidad de sus diálogos, nos vencen.
    Dick se ha ido cuando había derrotado a su "enemigo", al juego que lo quería matar y que terminó dejando su organismo debilitado. Yo ya no puedo leer otras de sus novelas. Ustedes quizá sí. Esa es la razón de esta nota. Por las librerías de nuestro país circulan algunos de los libros de Philip K. Dick, entre ellas los cinco que a mi juicio son los mejores: La Penúltima Verdad en la serie negra de Martínez Roca No.2, El Hombre en el Castillo editada por Minotauro, ¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas?, con el número 53 de la segunda serie de Nebulae (Edhasa); en la colección blanca de Acervo, Fluyan mis Lágrimas, dijo el Policía y Una Mirada a la Oscuridad.
    Si las encuentran, podríamos olvidarnos de que hace tres años, un doble ataque cardiaco acabó con un organismo cansado por un juego maligno, y dejó a la Ciencia Ficción sin Philip K. Dick.

19.1.10

Un Dulce Sueño

©1995, Gerardo Horacio Porcayo |

Estaba cansado. Harto del rumbo que su vida había seguido.
    Los destellos de múltiples anuncios luminosos, en perpetua órbita sobre la ciudad, sólo lograban recrudecer más sus ánimos. Lo hacían retorcerse, como a la noche misma.
    Trató de abandonar el lecho. La evasión fue imposible. Elizabeth percibió sus movimientos, aferró su brazo izquierdo con cariño y pegó la nariz a su piel, aspirando. ¡Malditas feromonas!, pensó él.
    —Todavía no, baby, plis; Hollywood puede esperar... —ronroneó ella, deshaciéndose en caricias.
    Sintió un asco profundo y virtual. Ninguna parte de su organismo captaba o sintomatizaba esa sensación. Preferiría sentir la bilis subiendo por su tráquea, las contracciones de las arcadas... el vómito derramándose sobre los senos ojivales de la mujer. Unos senos de aureola grande, casi negra, con pequeños cilindros que semejaban antiguos detonadores de impacto. Presionó uno, sumido en el mundo del realismo virtual, y esperó que aquella mujer estallara.
    Y lo hizo. Se arrojó sobre él en una explosión de sensualidad.
    —Sí, Robin, tócalos, hazme tuya otra vez... —su dedo índice acudió a la comisura frontal del ano y se deslizó lentamente por los testículos hasta la base del pene. Los dedos restantes se cerraron sobre una erección instantánea. Pegó la boca al glande, con un hambre genuina e irreal.
    Odiaba esas escenas, sin importar el tipo de observador; una cámara, ojos humanos. Odiaba su respuesta inmediata al estímulo sexual. En algún momento solicitó la extirpación de esa peculiaridad. Sus asesores de imagen argumentaron la negativa. Mil detalles conformaron la tesis; sólo generaría una pérdida de popularidad. Se tragó el coraje, lo conservó hasta alcanzar la comprensión, el hecho llano: esa era la única sensación real que le quedaba, la válvula que permitía desahogar un sin fin de frustraciones o rencores.
    Una válvula sencilla de usar.
    El flujo de sus pensamientos fue interrumpido por los sonidos característicos de la regurgitación. Elizabeth trataba de alejarlo. Miró la situación con total incredulidad. Sus movimientos cesaron. Elizabeth aprovechó el instante para distanciarse y soltar una tos de ahogado.
    La ira inundó su cerebro. Se decodificó en un empujón a Elizabeth. Sus ojos destellaban odio. Era la primera vez que le ocurría algo así.
    Elizabeth, más que enojada o sorprendida parecía apenada.
    —Perdona, Robin... —dijo, aún con esporádicas tosesillas— yo... No es que te rechace, baby, lo que pasa es que lo hundiste demasiado y casi me... me asfixias...
    Robin, Robin, Robin... También odiaba ese maldito nombre.
    —No te enojes con Beth —suplicó—. Beth te ama, Beth es tuya y no quiso ofenderte.
    Palabras a destiempo. La ofensa era un hecho innegable. No importaba la explicación lógica. Algo indefinible roía entrañas indefinibles. Su gama de sensaciones era concisa: enojo, tristeza, ternura... lo indispensable para el desarrollo pleno de sus papeles. Nunca humillación. Su rol en el cine estaba bien delimitado. Un hombre de acción capaz de amar o asesinar con el mismo ardor o frialdad. Un héroe clásico que jamás sería humillado. En todo caso un villano, un ser fantástico con la humillación en apartado inexistente.
    Elizabeth abandonó la cama. Dudó unos segundos, luego, se hincó. Sus manos aferraron los tobillos de Robin. Sus labios acariciaron los pies y articularon disculpas y lamentaciones en una larga letanía de autodegradación.
    El sentimiento empezó a ser controlable. Una idea se apoderó de su cerebro. Debía explorar aquella sensación; provocarla, experimentarla al máximo. ¿Pero cómo? La sensación era totalmente ajena a sus marcos referenciales; no podía reconocer los detonadores. Monitoreó a gran velocidad tramas de sus propias películas, de todo el archivo fílmico contenido en su cabeza. No encontró nada, ninguna pauta de acción.
    Optó por el viejo y conocido juego de ensayo y error, bajo patrones de conducta prototípicos. Asumió papeles en busca de la clave, actuó: Bogart, Eastwood, Pacino, Harrison, Slater, Tarantino, Lebeau, Williamson... Sin éxito.
    Se dio por vencido.
    Una nueva frustración anidaba en su ser. El movimiento mínimo necesario: emprender una tarea decodificadora, de entendimiento en debate dialéctico. Fingió una tierna reconciliación, condujo a Elizabeth al lecho, se tendió junto a ella y, en términos de amigo íntimo, expuso los caminos de su psique.
    Elizabeth lo escuchó atentamente, al principio con el temor de haber cometido un acto irreparable, luego, poco a poco una sonrisa fue tatuando su rostro.
    —No te preocupes, baby; estas cosas suelen ocurrir en la sexualidad. A toda la gente le pasa. Hasta a gente como tú —dijo, su tono maternal, la sonrisilla permanente en esos labios carnosos y extremadamente rojos.
    El sentimiento volvió, contundente. De hecho, fue más allá. Tuvo deseos de aplastar esa boca con un firme y duro puñetazo. Imaginó el estallido de sus labios, los jirones sanguinolentos, remanentes de un globo que acaba de reventar. Otro nuevo sentimiento tomaba forma en su interior. Su memoria rastreó hasta darle un nombre: lástima, conmiseración.
    Trató de ocultarlo, de hundirlo en lo más profundo.
    —Hey, baby, tómalo con calma, disculpa, siempre creí que nada te podía lastimar... tal vez por eso se me va la lengua... —dijo Elizabeth, sin dejar de observar los rasgos de su compañero— En serio, Robin, siempre quise ser como tú. Siempre has sido mi héroe. Desde chica. Cuando me preguntaban qué iba a ser de grande siempre decía, un robot. Y quería decir Robin. Tengo todas tus películas, conozco toda tu carrera, siempre soñé con estos momentos... es decir, con hacer el amor contigo. Hoy es para mí un día glorioso, ¿no lo entiendes? No busco lastimarte... Es más, te confesaré algo. Sentí que era la predestinación... Verás, hasta hace dos meses lo único artificial que llevaba en el cuerpo eran las prótesis de las cirugías estéticas, nada de metal; pero hace tres meses perdí esta pierna, la derecha, y ahora soy casi un cyborg y mi sueño se ha vuelto realidad. No hagas caso de las tonterías de Beth, sólo tómala, hazla toda tuya —concluyó, pasando a la manipulación, al acto sexual.
    Asumió una postura pasiva. Dejó el control en manos de Elizabeth, en la dimensión de su deseo. No sería defraudada. Su eficiencia era perfecta, con o sin deseo virtual. Era necesario, indispensable. Estrategias mercantiles. Más de veinte millonarias, viejas y arrugadas arpías habían estado en su cama y contribuido con créditos a manos llenas en sus empresas fílmicas. De otra manera no hubiera podido permanecer veinte años en la cima. No por la vía legal al menos. Por la otra...
    Elizabeth volvió a sacarlo de sus cavilaciones. Movía las caderas en círculo, dejando que sus senos oscilaran, enfocándolo con unos pezones que semejaban ojos saltados de sus órbitas. Su frente y cabellos llenos de sudor, su boca semiabierta en un rictus de placer, subvocalizando su nombre, gimiéndolo.
    —Oh, Robin... Mjmm... Robin, Robin —un crescendo que saturaba sus sistemas auditivos, su mente. Robin, Robin, Robin... Cómo odiaba ese nombre, en especial ahora, sintiéndose vulnerable, robótico, no omnipotente. Su ego se resquebrajaba, veinte años después del ascenso, de una idolatría constante por parte de su público, aún a sabiendas de su condición de simple androide... Muy al inicio de su carrera no poseía consciencia alguna sobre su importancia. Era sólo un muñeco, apodado Robby, como el viejo robot de El Planeta Olvidado, al que se podía acribillar con todo realismo. Debido a su constitución física, a su software, adquirió tal cartel que los estudios decidieron expandir su programación hasta hacerlo un mecanismo autosuficiente, pensante, sensitivo, perfecto para los papeles más diversos y prototípicos. Hasta degenerar su apodo en un nombre real: Robin.
    Lo dejaron crecer, luego lo mutilaron. Cuando ya era similar en todo aspecto a un ser humano, corrigieron su percepción. Era necesario, para acribillarlo o golpearlo de manera verosímil ante las cámaras. Sólo dejaron completa su sexualidad. Esa que ahora hacía cimbrar a Elizabeth, arrancándole un grito de éxtasis puro.
    La miró sacudirse en los últimos estertores del orgasmo, luego derrumbarse sobre él, llenarlo de sudor, de respiración afanosa, hasta colmar su indignación.
    La tomó de las caderas y la arrojó boca abajo, sin miramientos. No le dio tiempo para protestas. Hizo crecer aún más su erección y atacó.
    Elizabeth pareció deshacerse en un grito. El dolor era insoportable, nunca antes había sido sodomizada.
    Se movió salvajemente, buscando romperla, partirla en dos. No podía observar sus facciones, pero imaginó con detalle las muecas, la sonrisa hiriente transformada en dolor y humillación.
    Y los gritos empezaron a trocar. Ya no protestaba.
    —Sí, Robin, tomame así. Dame más, poséeme como a Rachel McCloud... Ohh... Sí, vampirízame, sé Drácula otra vez... Sé mi vampiro...
    El golpe fue mortal. No perdió la erección porque sus sistemas se lo impedían. El salvajismo disminuyó, estuvo a punto de extinguirse. Sólo un detalle hizo que su ímpetu volviera. Una perspectiva que podía darle la venganza perfecta... en todo caso, la simple venganza.
    —Aún los tengo, ¿sabes? —jadeó al oído de Elizabeth, echando a andar su programa de sensualidad.
    —Mmmj... Sí, Robin, lo sé todo. Clávalos, mi amor. Hazlo...
    Dejó que sus caninos crecieran. Con ellos acarició el cuello, la mejilla, sin romper la piel, buscando. En el lóbulo derecho, se demoró en la estimulación sexual, en el juego vampírico que cobraba las primeras gotas. Sangre corriendo. Trazó caminos paralelos partiendo de la yugular hasta alcanzar la nuca, desgarrando la epidermis, succionando líquido vital. Y todavía subió un poco. Los colmillos detectaron el punto exacto, lo marcaron, antes de crecer con un chasquido metálico que los remitió certeramente al cerebro.
    El cuerpo de Elizabeth se cimbró, sin placer.
    El placer era de Robin. Totalmente. Poseyó a un cuerpo no muerto, con una mente que se vaciaba, se volvía vegetal. Lo poseyó largamente y se permitió el lujo de una eyaculación vasta.
    No fue todo. Su plan apenas comenzaba.
    Era una operación riesgosa que había empleado con la viuda de Motoyama, en busca de unos créditos que se negaba a ceder voluntariamente.
    Ahora buscaba más que eso. También menos. Un placer para sí. Exclusivo, único.
    Acudió a la terminal de la computadora. Sus colmillos no lanzaron ningún chisporroteo al ensamblarse con el puerto de comunicaciones, sólo vaciaron la psique de Elizabeth, completamente, hasta el último bit. Tecleó algunas órdenes y dejó que el procesador se encargara del resto.
    Destapó una botella de champaña para realizar una breve e insípida celebración. Reubicó su mecedora junto al ventanal y permaneció allí, mirando las evoluciones de la urbe hasta entrado el mediodía.
    Era hora.
    Revisó la estructura de memoria. No era perfecta. Huecos, lagunas, plagaban la nueva vida de Elizabeth en la computadora, sumida en una estática similar a los sueños.
    Hizo un chequeo exhaustivo de las conexiones con los periféricos y finalmente moduló su voz hasta obtener los tonos e inflexiones necesarios.
    —Beth... Beth —era la primera vez que usaba el diminutivo—, despierta, ya es muy tarde.
    La pantalla, de alta resolución, mostró la imagen virtual y subjetiva de Elizabeth, estirándose, restregando sus párpados mientras se sentaba en una cama inexistente.
    Luego abrió los ojos.
    Seguía en la cama. Reconoció su cuerpo, pero lo miraba de lejos, en una posición ajena, desconocida. La escena era confusa y su mente no parecía trabajar con efectividad.
    —Algo me pasa... —detuvo sus palabras. Había escuchado un rumor metálico, robótico, no su timbre característico.
    —Todo está bien mi amor —dijo Robin con ternura irónica—, simplemente cumplí otro de tus deseos. Ahora eres como yo... Sin sensaciones reales, atrapada en una máquina, pero no importa, podemos seguirnos amando.
    Fue al lecho y removió el cuerpo para que los glúteos quedasen frente a la cámara que ahora servía de ojos a Elizabeth.
    Y la escena fue muy clara. Sin que Elizabeth lo pidiera, un zoom extremo le reveló la condición de su cuerpo. El ano reventado y lleno de costras, los músculos flácidos.
    —¡No! —gritó y su voz fue un rechinar metálico que le impuso silencio, terror.
    —Hagámoslo otra vez —dijo Robin en una parodia de entusiasmo adolescente. Su miembro creció hasta llenar la totalidad del campo visual de Elizabeth.
    —Esto no es posible... —ecos metálicos que empezaban a dejar de tener importancia, modulaciones de enfoque que aún la mareaban y desorientaban—, esto no está pasando, estoy en una pesadilla, tiene que ser una pesadilla...
    —Es un dulce sueño, chiquita —dijo él y buscó el orificio anal.
    Elizabeth trató de cerrar los ojos.
    No pudo. Tuvo que ver como Robin rompía las costras y se hundía en su recto.
    No cejó. Puso todo su empeño en apretar los párpados y librarse de aquella visión. Fue inútil.
    Ya nunca podría hacerlo.

09.05.1995. 00:15--04:20 Hrs. Xoxoutla

26.11.09

Perspectiva de la Ciencia Ficción Mexicana

©1991-1997, José Luis Zárate y Gerardo Horacio Porcayo |

Hablar de inicios de la CF mexicana es entrar a un terreno difícil, hay tantos escritores que publicaron aquí y allá, trabajos que desaparecieron en revistas que no duraron más que un número, en antologías que nadie conoció, en periódicos que los devoraron en su producción diaria; eran esos años oscuros en que uno podía proclamar a los cuatro vientos soy el único escritor de CF en México y nadie decía ni pío, principalmente porque nadie estaba escuchando.
    No queremos decir que nadie quería escuchar, diversas editoriales llegaban con su carga de clásicos de la CF norteamericana traducidos, ¡por fin!, al español y esas ediciones eran devoradas por los fanáticos al género. Apareció una revista llamada Espacio, desapareció como lo hicieron Ciencia y Fantasía y Fantasías del Futuro.
    Crononauta, en los años 60's, es quizá el primer paso consistente para hacer una revista nacional. Dirigida por Alexandro Jorodowsky y René Rebetez, esta publicación ya proponía una CF distinta. Vinculada al surrealismo, plagada de visiones oníricas, desvinculada de la CF norteamericana. Proyecto a medias, siguió la misma ruta de naufragio, aunque con menos leguas de navegación. Sólo dos números publicados y un tercero que algunos coleccionistas afirman tener pero nunca muestran...
    Los proyectos editoriales se detuvieron, no los escritores.
    Es difícil dar nombres: Héctor Chavarría, Mauricio-José Schwarz, Paco Ignacio Taibo II, Manú Dornbierer, Cardona Peña, Tomás Mojarro... Debemos reconocer que somos injustos y que no mencionamos media docena de nombres más por la sencilla razón de que haría falta espacio.
En México uno de los principales problemas de la CF es su distribución, lo peor de clamar en el desierto no es que no hagan caso, ni siquiera se escucha.
    Hubo más tentativas de llevar la CF escrita en español a los aficionados: revistas desaparecidas, pero con una distribución envidiable, como lo fue Comunidad CONACyT, Contactos Extraterrestres, Revista de Revistas y otras, durante los 70's y principios de los 80's, publicaron trabajos, estudios, reportajes. Todas decían Sí, leer CF vale la pena. La ciencia ficción es algo más que astronautas matando monstruos de saltones ojos verdes. De acuerdo, de acuerdo, nos convencieron pero...¿como llegamos a ella? A través de los Clásicos (Bradbury, Asimov, Clarke), de las series de TV, de las taquillerísimas películas de CF que acababan de descubrir que Star Wars era una mina de oro. Pero ¿CF mexicana? ¿Por qué no? Si los extraterrestres llegaban a Norteamérica, ¿por qué no a nuestro país?; si era posible viajar al espacio, por el tiempo, a futuros maravillosos ¿para qué íbamos a quedarnos en casita? Además, teníamos cosas que decir, dar nuestro punto de vista, sacar nuestras propias conclusiones. La CF también podía decir algo de nosotros mismos.
    Afortunadamente, para aquellos que deseamos dar un recuento rápido, la historia del género en nuestro país puede ser dividida en dos grandes hitos. Antes y después del premio Puebla. Puede parecer excesivo, pero es así. De pronto, saliendo de la nada, con mucho de aparición mágica, una convocatoria publicada en una revista de gran tirada: Ciencia y Desarrollo, bimensual, dedicada a la tecnología y a la divulgación científica. En sus páginas, también, se habían publicado bastantes Clásicos de la CF. El Fin de la infancia de Arthur C. Clarke, en tres partes, Juan Raro de Stapleton en dos. Era una revista imprescindible para los fanáticos. Y, repito, de pronto: CONVOCATORIA AL I CONCURSO NACIONAL DE CUENTO DE CIENCIA FICCIÓN PUEBLA. Celine Armenta, coordinadora del Consejo Estatal de Ciencia y Tecnología del estado de Puebla, consiguió el apoyo, por esa única vez, del Instituto Nacional de Bellas Artes, y junto con la revista lanzó la convocatoria sin imaginar siquiera la respuesta que iba a tener. Diez cuentos llegaron de inmediato, treinta, cuarenta relatos a doble espacio, mecanografiados con sus respectivas copias, sesenta salidos de Dios sabe dónde, ochenta cuentos, cien, considerando que sólo se había publicado en una revista esa convocatoria (y una revista especializada para un concurso más especializado aún, únicamente CF) era una respuesta sorprendente. Al final se recibieron ciento veinte trabajos, rebasando las expectativas.
Los resultados se dieron en diciembre de 1984. Los jurados dieron el primer lugar a Mauricio-José Schwarz con su cuento La pequeña guerra y otorgaron dieciséis menciones honoríficas.
Los jurados expresaron que:
    La CF ha dejado de ser un ejercicio de evasión para convertirse en una toma de conciencia.
De los cuentos concursantes:
    Confesamos que no resulta agradable comprobar que en el ochenta por ciento de los casos la selección de sus temas, la visión que ofrecen del presente y el pronóstico para el futuro... se tiñen en su abrumadora mayoría con una limitada gama de grises que va, en apariencia, del escepticismo al pesimismo.
    Ciencia y desarrollo publicó la mayoría de esos cuentos. En primer lugar uno podía darse cuenta de que no eran copias de los cuentos norteamericanos, a pesar de que ahí estaba Superman asistiendo con un psiquiatra, y robots y extraterrestres ecologistas.
    Era evidente que lo más importante de los cuentos que conformaron esa primera terna de ganadores era un placer por contar una historia, un hecho que iba más allá de la anécdota, todas hablando de personajes sumergidos en mundos estrechos y asfixiantes, acorralados por los vicios de la civilización, el cuento ganador bien puede sintetizar ese sentimiento: el futuro ha ido demasiado lejos, el control se ha escapado de nuestras manos, poco o nada se puede hacer. Es, en su mayoría, una crónica de perdedores. Pero no es esa crónica desesperada de los cuentos postatómicos norteamericanos. Es la crónica de perdedores que no se resignan a serlo, que a pesar de estar seguros de su eventual fin se enfrentan a lo que haya que enfrentarse, no se esconden ni se resignan, luchan contra esa realidad amarga, conscientes de las consecuencias. Pero... ¿De dónde diablos salieron ciento veinte trabajos de CF? ¿Dónde estuvieron escondidos sus autores? Tal vez fuera un milagro irrepetible, una llamarada. Un año después, el número de concursantes subió a ciento treinta y cuatro.
    En 1985 el ganador fue Héctor Chavarría con el trabajo Crónica del Gran Reformador, ahora con un escenario netamente mexicano, una combinación de viaje en el tiempo y universos paralelos, una premisa: ¿Qué hubiera pasado si la Conquista Española fracasara? Cuatro hombres de un México actual tienen que sacrificar su futuro, su vida en otro tiempo para dar otra oportunidad a nuestro continente. Chavarría nos dice que triunfan pero es un triunfo ligeramente amargo, porque las cosas nunca son sencillas y, después de todo, nuestro pasado es dual.
    En ese mismo concurso, el cuento Orquídeas de Adriana Rojas obtiene una mención honorífica. Es, hasta ahora, uno de los cuentos más populares del concurso. Narración que recuerda la maestría de Ursula K. Le Guin, por la forma de abordar el choque de culturas derivada del primer contacto entre hombres y extraterrestres que permanecen en su planeta.
    El jurado del premio Puebla cambia cada año, es uno de los principales motivos por los que el concurso no se ha estancado pero --claro está-- siempre da lugar a la polémica.
El premio Puebla de CF de l986 fue declarado desierto porque, según la opinión de los jurados Los cuentos no alcanzaban la calidad requerida. En compensación, el dinero del premio fue usado simbólicamente para organizar el Primer Encuentro de Escritores de CF en la ciudad de México, durante marzo de l987, así mismo se realizaron mesas redondas y un taller literario centrado única y exclusivamente en el género.
Fue el primer encuentro de la nueva generación de escritores de CF mexicanos. Las conferencias estuvieron a cargo de Chavarría y Schwarz, no sólo en su calidad de anteriores ganadores del Puebla sino por su trayectoria como difusores y primeros creadores del género (un ejemplo de esto es el número especial de la revista PLURAL dedicado a la CF latinoamericana y el otro, la labor que realizaron dentro de Contactos Extraterrestres en pro de la CF). Los asistentes a ese encuentro fueron, en su abrumadora mayoría, jóvenes que llegaron no con una actitud solemne sino con todas las ganas del mundo a participar en algo que --claramente-- se estaba gestando ahí.
    Paco Ignacio Taibo II, impartió en este marco una conferencia magistral en la que instó a los asistentes a escribir novelas como único recurso para salir de las alcantarillas, para conformar el movimiento. En ese entonces, el neopoliciaco empezaba a caminar con pie firme.
    El cuarto premio Puebla (l987) fue concedido a El viajero, de José Luis Zárate Herrera. El cuento --también-- dio lugar al debate. En su trama policiaca y de viaje temporal, el protagonista usaba en exceso términos como chingao y carajo.
    Al poco tiempo arribaron cartas indignadas a la redacción de Ciencia y Desarrollo quejándose de esas expresiones y de la designación del primer lugar. Anteriormente el cuento El que llegó a Metro Pino Suárez de Arturo César Rojas tuvo que enfrentarse al mismo rechazo (incluso se dice que no se le concedió el primer lugar en el concurso de 1986 justamente por el uso de palabras altisonantes).
    El Premio Puebla 1988 fue otorgado a Pandemia, de Gabriela Rábago Palafox (a quien lamentablemente perdiéramos a mediados de 1994. Descanse en paz), con el tema del SIDA y de una eventual despoblación del planeta por tal causa. En este premio la tendencia fue mas literaria, mundos cuidadosa, poéticamente armados no tanto por tramas complejas sino por sutiles descripciones formando un paisaje, un entorno. Tal es el caso de los cuentos Esperando a Brenda y Mañana nos vimos, Jonás que alcanzaron menciones honoríficas.
    Se crea el Círculo Puebla de Ciencia Ficción y Divulgación Científica, con apoyo del Consejo Estatal de Ciencia y Tecnología del estado de Puebla (y la incansable Celine Armenta), quien organiza el Segundo Encuentro Nacional de Escritores de CF en la ciudad de Puebla.
    Aparecen tres libros de cuentos de autores mexicanos: Apenas Seda Azul del decano de la CF y actual presidente de la Asociación Mexicana de CF y Fantasía (AMCyF), Gonzalo Martré, mejor conocido por su trabajo como argumentista de la mejor época de Fantomas. Y Vértigos y Barbaries de Irving Roffe.
Federico Schaffler (quien en 1985 ya había obtenido una mención honorífica del Premio Puebla y fuera el primer presidente de AMCyF) ganaba un concurso estatal de libro de cuentos con el volumen Absurdo Concursante, naturalmente de CF, que de inmediato sería publicado e incluiría el primer cuento de CF mexicana que hubiera obtenido reconocimiento internacional. Nos referimos precisamente al cuento Absurdo Concursante, que obtuviera una mención honorífica en el premio que anualmente organiza el Circulo Argentino de CF y Fantasía (CACYF).
    El premio Puebla l989, tuvo temas tan dispares como los delitos interplanetarios, los Space Operas y la Fantasía. El ganador en esa ocasión fue El último día de Cedric Hamilton, de Sergio de Regules, que se acerca más a la Fantasía que a la CF.
    El premio Puebla 1990 fue concedido a Manco a Orillas del Floss, de Isabel Velázquez Oliver, un relato que se centra en cómo un invento que impide sacar fotocopias cambia para siempre al mundo al destruir, como efecto colateral, el papel de los libros. Se registra el ingreso de nueva sangre en la CF nacional con la entrada de Isidro Ávila y Edgar Montemayor. Jóvenes regiomontanos con nuevas propuestas: Cyberpunk y Fantasía Científica, respectivamente.
    Isidro Ávila, con La Red, que posteriormente se publicaría en Más Allá de lo Imaginado II, sin haber leído a ninguno de los autores Cyberpunk, sin mayores pretensiones que presentar un texto, abre las puertas de la CF a la más moderna corriente.
    Mientras tanto ocurrían diversos acontecimientos. Guillermo Farber lanzaba al aire una serie radiofónica de CF. José Luis Zárate sacaba una antología personal intitulada Permanencia voluntaria, miscelánea de géneros que le valiera en 1989 ganar el premio Jomar de libro de cuentos.
    Empieza a hablarse, seriamente de la creación de una antología de relatos del CF mexicana. Es indudable que hay un renacimiento en el género, en el concurso Puebla el promedio de cuentos recibidos es de ciento treinta, se han concedido menciones a autores que tienen un estilo propio: César Rojas, Farber, José Morales, Ignacio Padilla, etc.
    Es tiempo de descubrimientos. La revista Ciencia y Desarrollo ha publicado la mayoría de los cuentos premiados, es --en ese momento-- la publicación más importante del género.
En Enero de l990 hace su aparición un número especial de la revista Tierra Adentro del Consejo Nacional Para la Cultura y las Artes sobre LA NUEVA CIENCIA FICCIÓN EN MÉXICO. Federico Schaffler está detrás del proyecto, de la tarea compilatoria. Es un evento importante pues constituye la presentación a un nuevo público. Es una muestra más de que el movimiento ha conquistado espacios, que no se centran únicamente en una revista, en un lugar.
    Poco después (enero de 1991) Schaffler publica Más allá de lo imaginado I, la primera antología de Ciencia Ficción mexicana, que reúne el trabajo de trece autores, todos ellos ganadores de menciones o de primeros lugares en el concurso Puebla. Por extrañas causas editoriales se le hace un vacío promocional al volumen (número siete de una colección de libros inéditos). Nadie habla del libro, las criticas lo ignoran olímpicamente, ni siquiera es anunciado por su propia casa editorial y aún así es un increíble éxito de ventas en un país donde es difícil que se agoten las ediciones. Poco después, otro volumen Más Allá de lo imaginado II en el número ocho de la misma colección. Nuevamente el libro se vende, se agota. Es evidente que hay un interés por la CF, es evidente, además, que no se puede hablar ya de un género escrito por unos cuantos para otros menos. Hay autores y hay lectores. Se lucha por los espacios para la publicación.
1991 y el ganador del premio Puebla es Luis Gutiérrez Negrin, con La Disuasión, un texto que plantea una hipótesis de la extinsión de los dinosaurios debido a que una de esas razas no sólo es inteligente, sino, además, telequinética. Una guerra jurásica con poderes paranormales.
    Nuevos regiomontanos aparecen en el mapa: Claudia Argelia y Julieta Flores Michel. La primera con un texto cercano al terror y la fantasía, orientación apocaliptica. La segunda, desde una óptica inocente, el recuento de la pérdida de cultura en un futuro que no parece demasiado lejano.
    Año de dinosaurios, Horacio Fernández de Castro Tapia obtiene la primera mención (en orden de importancia de esa edición, pero no la primera en su haber. En 1988, con Grados de Libertad, obtuvo también una distinción) con un texto apasionado en las palabras, cercano a la literatura cortazariana, donde dos razas distintas, humana y reptil, se dividen el día para no rozarse, para no entremezclarse. Medida inútil de seguridad, pues el protagonista, se enamora irremediablemente de una humana... Otra pérdida lamentable para la CF nacional, Horacio muere joven a la altura de 1993, sin, quizás, acabar de transmitir todo lo que tenía planeado, lo que llevaba en su interior.
    Quienes esto escriben, participan en la primera convención latinoamericana de CF que organizara el Círculo Argentino de CF y Fantasía (CACyF) en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Las ideas circulan, se intercambian en un ambiente de camaradería y emoción. La convención, dedicada a la memoria del comiquero Oesterheld. La planeación y locura de invitar a México a cargo de Horacio Moreno y Daniel Bugallo, presidentes en ese entonces de CACyF. José Luis Zárate no regresa intacto, en su haber ya cuenta con dos menciones honoríficas del Premio Más Allá.
    No es el único botín. Todas las cosas permanecen aún inéditas en la historia de la CF latinoamericana y se empiezan a trazar planes para un mayor intercambio cienciaficcionero mexicano.
En las maletas de quienes esto escriben cargan el nuevo virus cultural: veinticinco números, los primeros, de la primera y más importante revista electrónica: Axxón.
    En noviembre del 91, se realiza la primera Convención Nacional de CF y Fantasía, CONPUEBLA organizada por Celine Armenta a través de el Consejo estatal de CF y Fantasía y la recién estrenada revista Estacosa.
    Estacosa, primer fanzine de CF mexicana, surge gracias al impulso de Mauricio-José Schwarz y obtiene rápidamente reconocimiento por parte de los fanáticos, pero lamentablemente sólo sobrevive dos números.
Gabriel González Meléndez publica su obra Los Mismos Grados Más Lejos del Centro en Fondo Editorial Nuevo León. Obra apegada a la corriente principal, de narrativa experimental que explora los mundos de la CF.
    Aparecen dos nuevos libros de cuentos: Electra se moriría de envidia, de Federico Schaffler, antología personal de CF. Y Miriada, de Gabriel Trujillo, selección del autor, que reúne su producción en los géneros fantasía y CF.
    Para cerrar adecuadamente el año, el mismo Gabriel Trujillo Muñoz publica La Ciencia Ficción, Conocimiento y Literatura, un gigantesco ensayo sobre la historia de la CF que ganara el premio estatal de literatura de Baja California en 1990.
    En 1992, Olga Fresnillo, de Nuevo Laredo, Tamaulipas, obtiene el Premio Puebla, por su cuento Feliz Advenimiento. El primer ejemplo de CF feminista. Cuento al viejo estilo que explora la posibilidad de otro tipo de embarazo y el cambio de roles sexuales.
    La ceremonia de entrega se realiza en el marco de CONLAREDO, Segunda Convención Nacional de CF y Fantasía. Evento que se ve magnificado por la presencia de Bruce Sterling (checa la sección Interzonas, para leer una breve crónica de esto). Internacionalizado, también, gracias a la presencia de otro cienciaficcionero extranjero: Bruno Enríquez, de Cuba. Los auditorios vacíos de la Casa de la Cultura de Nuevo Laredo, Tamaulipas, provocan nostalgias en Bruce Sterling, quien asegura a los presentes que antes de que el Cyberpunk fuera el Cyberpunk, solían tener reuniones similares.
    Año crucial. Aparecen al mercado dos nuevas antologías: Principios de Incertidumbre, que reúne a los cuentos ganadores y a dos menciones honoríficas del Premio Puebla desde 1984 hasta el 91 y fue publicado por el Gobierno del Estado de Puebla.
    Schaffler, imparable, consigue la publicación por Edug de Sin Permiso de Colón, ciencia ficción conmemorando o criticando el quinto centenario del descubrimiento de América.
    Se realiza, también, un proyecto largamente acariciado; la aparición del Premio Nacional Kalpa de Cuento Inédito o Publicado de CF. Para este momento, la AMCyF (Asociación Mexicana de CF y Fantasía) ha cobrado existencia y de sus entrañas surge la idea de este premio: convocado y juzgado por escritores, siguiendo un poco la mecánica del premio Nebula. Tierra Adentro copatrocina este nuevo intento y se convoca, por única vez, para premiar al mejor cuento de la década, mismo que José Luis Zárate obtiene con su cuento, El Viajero (incluido en esta página Langostera en la sección El Libro de Arena).
    El premio, convocado por artistas, para artistas, no consistió en remuneración monetaria, sino en la entrega de una escultura expresamente diseñada por Sebastián.
    H. Pascal, por su parte, logra publicar El llanto del verdugo en la colección Gran Fantasy de Editorial Martínez Roca. Evento a conmemorar por su obvia cercanía con la CF.
    Pero no es todo. Los ánimos irreductibles de Federico Schaffler lo llevan a sacar la primera revista de CF nacional que verdaderamente funciona: Umbrales, que a la fecha ha obtenido tres becas de apoyo a revistas independientes del FONCA y va por el número 29.
    Mauricio-José Schwarz, ante los altos costos de producción de Estacosa, decide publicar la versión electrónica, intitulada Otracosa.
    Ese mismo año, hacia diciembre, La Langosta Se Ha Posado, se posa definitivamente en el ciberespacio mexicano alcantarillero. Inspirados por la revista virtual argentina Axxón, Porcayo y Zárate consolidan esta revista gracias a un programa de shareware conocido como Iris. El mismo que usara Schwarz y rolara a los cubanos para la inauguración de su propia revista: I+Real.
    Ya en el tercer número de "La Langosta...", Zárate acuña un nuevo término para designar a los creadores de CF nacional: Cienciaficcioñeros.
1993. Por primera vez un autor obtiene el mismo año los dos premios de CF nacionales. Gerardo Horacio Porcayo, con Imágenes Rotas, Sueños de Herrumbre, consigue el largamente perseguido Premio Puebla. Cuento que aborda el mismo universo de su "opera prima", La Primera Calle de la Soledad, que con toda justicia puede considerarse como la primera novela cyberpunk mexicana, que Tierra Adentro publicaría un mes más tarde (en 1997 apareció la segunda edición bajo el sello editorial VID). Y con Los Motivos de Medusa, que en 1990 ya había obtenido una mención en el premio Puebla y en 1992 se hiciera acreedor al internacional Axón Electrónico Primordial, gana el II Premio Kalpa.
    Durante esta misma edición la punta de un nuevo iceberg sale a relucir: Gerardo Sifuentes obtiene una mención honorífica con su cuento Hora de Vender, mismo que sería editado en 1994 en el tercer tomo de Más allá de lo imaginado (publicado en el número 94 del Fondo Editorial Tierra Adentro).
1994 se cobra los favores. La convocatoria del Premio Puebla no aparece debido a problemas relacionados con el cambio de sexenio (por algo dicen que la cultura en México es sexenal). El Kalpa lo obtiene Ignacio Padilla con su cuento La noche de los gatos amurallados, texto mezcla de terror y visión apocalíptica en un DF devastado. Año de suerte para Ignacio, quien también se lleva el nacional Juan Rulfo de Primera Novela.
No todo el panorama es terrible, Mauricio-José Schwarz y Don Weeb logran concretar y publicar bajo el sello Martínez Roca en su colección Gran Superficción, la primera antología México-EEUU, intitulada Frontera de Espejos Rotos. Visiones sobre la problemática de frontera desde los dos lados del río.
José Luis Zárate alcanza la mayor graduación y publica en editorial Planeta (es la primera vez que un texto de géneros llega a tan alta editorial en México) su Xanto, Novelucha Libre, primera novela que no se escinde de la CF, ni se apega. Suerte de texto humorístico de terror, que coquetea con la literatura Lovecraftiana y reafirma iconos mexicanos. Nuevo género que el propio autor clasifica como Humorror.
Conscientes de la terrible falta del Puebla, los redactores de La Langosta Se Ha Posado convocan a su primer premio virtual, resultando ganador Jorge Chípuli Padrón con su texto, Panchito's Story, de factura cyberpunk.
    El Fanzine Fractal nace. Y es la presentación de una nueva generación de escritores de CF (poblanos, todos ellos, por nacencia o adopción) que se apegan, no exclusivamente al Cyberpunk. Autocríticos a rabiar, apasionados de los nuevos cursos de la cultura y la sociedad, José Luis Ramírez, Gerardo Sifuentes y Caín Kuri optan por las fotocopias para realizar un acariciado proyecto editorial. Vencer a las grandes editoriales, dar rienda suelta a su voz. Tomar como bandera la consigna Cyberpunk: Info must be free.
    Surge también otra revista profesional, que cubre los huecos dejados por Editorial Bruguera, Martínez Roca y todo un serial de revistas producidas en el extranjero. Gracias a la pasión de José Zaidenweber, la revista Isaac Asimov concede a México, a editorial El Fisgón del Universo para ser exactos, los derechos de traducción de tan afamada e importante publicación; haciéndo con ello asequibles textos que en el curso normal, un lector tardaría diez años en ver publicados en su idioma.
    1995. El Kalpa no quería quedarse atrás y su convocatoria no aparece este año. Como recompensa, reaparece el Puebla y de inmediato lo obtiene Juan Hernández Luna, conocido escritor de novelas policiacas, con su texto Soralia, suerte de Cyberpunk que aborda la problemática fronteriza desde una perspectiva totalmente mexicana.
    Dos nuevas novelas de CF aparecen en escena: Adamas de Héctor Chavarría. Una nueva revisión a la CF clásica de viajes en el tiempo con una resolución zen argumental.
    Y Laberinto (as time goes by) de Gabriel Trujillo. Obra de pulimentado estilo que podría ser esgrimida como As ante los críticos mal intencionados de la CF. Novela que inaugura el narrador Mass media y obtuviera en 1994 el Premio Estatal de Novela que convoca el Instituto de Cultura de Baja California.
Surge el fanzine ¡Nahual! gracias al apasionamiento de Andrés Tonini y al apoyo de la UNAM.
H. Pascal publica su segunda novela de Fantasía. Está vez, orientada hacia el lado erótico y oriental en SELECTOR. Y sus ánimos no están conformes. En el próximo año dará mucho de qué hablar.
Editorial VID convoca en noviembre a su Primera Convención Internacional de Comics y CF, MECyF 95, consciente de la importancia de la CF, del mundo de los comics, de la demanda cultural de los jóvenes. Evento que se rea liza en el Hotel Flamingos Plaza con inusitado éxito.
    1996. Rodrigo Pardo obtiene el Premio Puebla con El Despertar, texto emparentado al Cyberpunk que maneja una de las figuras prototípicas por excelencia del terror: El hombre lobo.
Es el año del resurgimiento del Kalpa, ahora con el apoyo de la Universidad Autónoma Metropolitana. Pepe Rojo lo obtiene con su cuento largo, Ruido Gris, y así estimulado y en confabulación con Bernardo Fernández, crean el fanzine SUB. Con otra propuesta gráfica y estilística a la ya estilada por los fanzines nacionales.
    Cabe aclarar que el nuevo Kalpa, ya otorgó una nueva escultura, esta vez de la autoría de Moises Ladrón de Guevara.
    La Langosta Se Ha Posado entrega por unanimidad el Segundo Premio Virtual a Bernardo Fernández por su cuento Combinaciones Posibles, correspondiente al año de 95.
    Pero no todo es belleza. Ilán Semo, peleado con el grupo Vuelta, decide sacar al mercado una revista CULTURAL llamada FRACTAL.
    Apabullados, Gerardo Sifuentes, José Luis Ramírez y Caín Kuri, piensan en retirarse. Alcantarilleros por definición, jamás registraron el nombre de su fanzine.
    Tercos y rejegos, como buenos escritores, deciden mutar. El nombre metamorfosea a Fractal 'zine y suben a la red para soslayar todos los inconvenientes de la publicación en papel, bajo la dirección y empuje de José Luis Ramírez.
    VID convoca a la Segunda Convención Internacional de Comics y CF, MECyF 96, en el mes de mayo. En este marco se desarrolla la primera novela interactiva mexicana, que aún no aparece a la luz.
    Se forma, gracias a la pujanza de H. Pascal, un nuevo club de CF: El Círculo Independiente de Ficción y Fantasía (CIFF), que busca divulgar todas las disciplinas artísticas de la CF, la Fantasía y los géneros despreciados por el aparato cultural reinante. Suerte de red subrepticia para concatenar lectores, pintores y escritores del género.
    Se lanza una nueva convocatoria de CF. Esta vez para novela.
    Si el primer premio Puebla resultó sorprendente por su respuesta, esta vez la sorpresa es triple.
Editorial VID, diseñadora e inventora del nuevo premio, empieza a recibir entre enero y febrero de 1997 un cúmulo increíble de novelas. 87 novelas en total, dedicadas a la CF o la fantasía, a nada más.
    ¿De dónde salieron tantos novelistas? Aún nos lo seguimos preguntando... El caso es que para abril ya hay un ganador: Alfonso Suárez Romero, con su novela Larvas, obra más orientada a la fantasía y el terror que a la CF, pero conservando esa búsqueda intrínseca que tiene la literatura de géneros en México.
    Editorial VID la publicó en tiempo récord, junto con otra obra: El Futuro en Llamas, antología de CF clásica mexicana, preparada por Gabriel Trujillo Muñoz y que reúne textos de CF desde 1773 hasta 1984. Ambas se presentaron en el marco de la Tercera Convención Nacional de Comics y Fantasía, MECyF 97.
H. Pascal publica La Magia del Grial, nuevo texto de fantasía que presenta durante el Primer Festival de Ciencia Ficción y Fantasía en Tlaxcala, patrocinada por la Universidad Autónoma de Tlaxcala (UAT) y organizada por el CIFF durante el mes de marzo. Una semana dedicada a la CF, compartiendo opiniones, gustos. Abriendo nuevos espacios para la CF gracias al increible apoyo y pasión de Alejandro Rosete, Coordinador de Difusión de la UAT.
    AMCyF organiza su Tercera Convención Nacional, del 10 al 13 de Julio en el Centro Cultural Huayamilpas de la delegación Coyoacán, en pleno DF...
    Nuevas perspectivas parecen abrirse en el mercado editorial. No sólo VID ha decidido entrarle al quite. Ahí están SELECTOR, RAMÓN LLACA y CIA y la UAT.
    Estamos creando nuestro propio estilo. Una de las principales tendencias de la CF mexicana no es mostrar a sus personajes como creadores de la tecnología sino más bien, como sus usuarios. Hay más interés en mostrar la parte "humana" de las sociedades, de definir a los personajes. Es más importante el hombre que las maravillas tecnológicas. Más importantes los conflictos internos que las aventuras exteriores.
    En el mañana la vida no es fácil, y los autores mexicanos nos guían a través de esas dificultades, enfrentando a sus protagonistas con las rutinas, los horrores a los cuales sus respectivas sociedades han llegado. Hay sentido del humor, pero es un humor amargo. Repito, no derrotado pero si consciente de que "la vida en rosa" es una mentira más.
    Es, por cierto, una clara tendencia la ausencia de utopías consistentes, de futuros en los que las dificultades vengan de afuera. Las dificultades viven con nosotros, nosotros permitimos que llegaran a ser lo que son. No son textos atormentados, golpes de pecho sin salida alguna. Los personajes se enfrentan a lo que hay que enfrentar a pesar de estar seguros de su derrota y esta consciencia los hace, paradójicamente, más heróicos. No el héroe todopoderoso, sino aquel que no es más que él mismo, sin otro poder que su terquedad, o su obsesión.
    Afortunadamente, no todos los cuentos de la CF mexicana pueden clasificarse de esa forma, hay variedad. Naturalmente al ser el premio Puebla el más importante, también es el más influyente, muchos de los nuevos escritores tratan de imitar a los ganadores del año anterior, y mucho más dan su debida importancia a sus propios fantasmas, a sus mundos.
    Quizás ahora el premio VID funcione de la misma forma. Quizás...
    La CF mexicana esta renaciendo, es el inicio de algo que no sabemos hacia dónde conduzca, si va a ser (ahora sí) el despegue definitivo o sólo una etapa más. Pero después de todo ¿quién sabe lo que va a pasar mañana?

2.11.09

Alrededor de la Muerte

©1997, Gerardo Horacio Porcayo |


Sus oscuras mansiones, volvió a pensar. A imaginarlas con detalle. Centrando toda su energía en la ensoñación.
    Tratando de construirlas.
    Abrió sus ojos y la decepción circuló por sus venas.
    Tanto desear la muerte. Tanto convivir con ella. Su vida había sido un acto de seducción total. Elegir caminos, carrera, rutas citadinas, el mismo vehículo. Todo estructurado como un gran poema. Como una plegaria diaria.
    Tanto rezarle, leer sobre ella. Y lo único que obtenía era este falso paraíso, este falso edén que de vez en cuando crepitaba en pixeles, que dejaba translucir el mundo fantasmagórico en que se había transformado la realidad.
    Enfermeras. Techos ascépticos, superponiéndose a esa larga estepa, a los remansos del río donde bestias mitológicas abrevaban junto a sus compañeros. Humanos pulcros, desnudos, bellos. Aunque en vida hubieran carecido de esos atributos estéticos.
    Cursi, hubiera dicho, de no ser por las transparencias del mundo palpable.
    Habían crecido. En este día, en este corto lapso de tiempo bajo un sol omnisciente, incansable, incronometrable; las filtraciones ya sumaban seis.
    Una formación de ángeles cruzó el firmamento, sobre la enfermera que se movía afanosa, alrededor de él.
    Quizá la planta de energía estaba agotándose, muriendo.
    Trató de imaginar lo que sucedía en el exterior. México estaba al borde de la guerra civil, cuando su sandsurf perdiera estabilidad y lo llevara en colisión directa contra la escarpa rocosa.
    Su última carrera. Un seguro millonario, manteniéndolo bajo ese entorno virtual, mientras los grupos subversivos quizá dinamitaban todo el país...
    Quizá... Y fue un pensamiento alegre. Eso lo sacaría de su estúpido estado vegetativo. Lo conduciría finalmente a las mansiones oscuras. A esos parajes de árboles muertos, castillos derruidos, bajo claros de luna estragados, rotos.
    La membrana virtual volvió a recuperar consistencia.
    —Te amo, hermano —dijo Laura Grant, ofreciéndole frutos, su mismo cuerpo.
    —Gracias, no tengo hambre —estaba harto de aquellas manifestaciones, de la idiota programación de realidad virtual que dejaba a la vista huecos tan grandes, tan perceptibles. Laura había caido una semana antes que él. De sobredosis, en un hotel de Las Vegas, como correspondía a su figura de actriz cotizada.
    El sol parpadeó en ese instante. No había otra forma de describirlo. Quizá era semejante a un foco que duda entre apagarse o permanecer encendido.
    Tonos variando. Miedo. Los ángeles oteando en el horizonte, desorientados.
    Un unicornio cayendo en el abrevadero. Sus carnes mutando, volviéndose rojizas, como la iluminación. Dos cuernos emergiendo a los costados del original, curvándose sobre él.
    Un par de piernas extra, ayudándole a incorporarse, a embestir a los humanos.
    —Refúgiense —los ángeles gritaban alterados, urgiendo a sus compañeros a la retirada.
    Laura no dudó un instante, se unió a la estampida, buscando la espesura de los árboles, la seguridad inerme de las cabañas.
    La clave alcanzó su cerebro en un instante.
    Virus. Quizá intrusión terrorista, apoderándose de las computadoras, anulando el sistema de defensa de aquel edificio inteligente.
    —Esta es tu oportunidad —dijo. Aquello era producto de la interfase, de nada más, una voz de alarma que los aislaría de posibles daños.
    Corrió, de cara al transformado unicornio. La bestia no se detuvo.
    Dolor. Los tres cuernos penetrando su carne, estragando su vientre... Y dolor real. Las viejas heridas volvían a estar en su lugar.
    Se sintió arrojado por los aires, atrapado por los brazos marmóreos de un ángel.
    —Demasiado tarde —se burló.
    Su mente ennegreciéndose, transformándose en túnel. Oscuro, doliente.
    Gemidos, levantándose de la tierra, mientras la tocaba, buscaba la senda.
    Y allí estaba todo. Arbustos secos y espinosos. Enormes rocas de silueta retorcida... y la atmósfera: una tristeza concentrada, un claro oscuro perpetuo. El dolor...
    Pero había algo más. Extraño, demasiado familiar.
    Sueños colados, parajes imaginados.
    —Esto no es la muerte —bufó—. Malditos, lo están volviendo a hacer, reprogramaron esta porquería.
    Sintió el tacto de dedos descarnados presionando su hombro. Giró, sabiendo lo que iba a encontrar.
    No hubo decepción.
    La estampa de la parca era una copia extraida de cintas fílmicas, de la tradición mortuoria universal. Ni un dejo de originalidad. Ahí estaba su rostro calavérico, su sonrisa de dientes astillados y resecos.
    —No sabes cuánto he luchado por éste momento —dijo el esqueleto encapuchado—. Sólo tengo segundos... Un mensaje, una forma de agradecerte tu pasión por mí... Hace mucho que dejaste mis dominios, mi transición... Estás en el lugar que te correspondía. Está incredulidad tuya es tu tortura, tu infierno.
    —Sí, claro. Por eso sabía exactamente lo que ibas a decir.
    —Lo sabías porque te lo dije, porque te advertí en el breve momento que teníamos para conocernos.
    —Por supuesto —se mofó, empezando a caminar.
    Un hombre cubierto por vendas se arrastraba rumbo a la muerte.
    —¿Lepra? —se preguntó— Ah, claro, ahora me van a poner con gente de otras épocas, para que deje de sospechar.
    —Un caso perdido —alcanzo a oir que decía el leproso a la muerte—. Jamás aceptará su condición.
    —Gracias, de cualquier manera —dijo la muerte y él creyó distinguir cómo desaparecía, sin aspavientos, sin mayores trámites.
    —Estúpidos progamadores —masculló—. Estúpido gobierno que no acepta la eutanasia.
    Y siguió buscando la verdadera senda, la ya recorrida, hacia la muerte.

Angelópolis.18.10.97. 00:04 Hrs.

29.9.09

EL TERRITORIO DE LAS SOMBRAS


©1988, Gerardo Horacio Porcayo |

De alguna manera lo supo desde el principio. Fue algo básico, visceral, instintivo; un hueco que lentamente se iba instalando a un costado de su pecho.

    La intuición quedó opacada por aquel caos de sentimientos: la incredulidad inicial, el vejamiento y la vergüenza.

    Las rejas resonaron dignas de una película de alto presupuesto: ecos invadiendo los largos corredores de piedra basta, llenos de salitre, vacío, más barrotes de hierro..

    Él, sólo uno más, un número, un uniforme, una celda no compartida —lo cual, en el primer momento, le pareció perfecto, un atenuante a tanta ignominia—, un camastro en litera, las paredes pintarrajeadas, húmedas; a la izquierda un espejo maltratado, plagado de espacios que ya no reflejaban imagen alguna. La inquietud, aquel hueco en el corazón que le advertía de manera urgente que algo iba mal —como si las cosas fueran bien a estas alturas, pensó mientras trataba de adaptar el estoicismo a su perfil psicológico—. Una ventana inútil que daba a escasos centímetros con otra pared. Una gotera constante en el rincón más oscuro y lleno de humus. Unas ganas de llorar que no se concretaban...

    El abandono.
    Escuchó cómo los pasos de sus custodios se perdían hacia la puerta de salida, hacia la libertad. Tuvo ganas de gritar, de permitir a su músculo cardiaco estallar en esa taquicardia acentuada, en esa angustia que lo poseía, inmovilizándolo, inutilizándolo.

    Se tiró en el camastro inferior, ovillándose, asumiendo de forma inconsciente una posición fetal como medio de defensa contra esa realidad hiriente. Permaneció en esa postura durante más de una hora, observando los graffitis diversos en la pared más cercana.

    La tarde fue llenando la celda de un resplandor rojizo y bochornoso.

    El hueco en su corazón empezó gota a gota a inundarse de un líquido doloroso, desesperante. Se incorporó. Dio varias vueltas en la celda sin dejar de percibir todos aquellos rumores de presos caminando, murmurando, peleando o incluso riendo; todas aquellas señales de vida que durante el día se había empeñado en ignorar.

    La luz natural fue sustituida por escasas y espaciadas lámparas de cien watts, improvisadas a manera de arbotantes. Amarilla, la luz era amarilla y tenue, produciendo sombras confusas en esas celdas mal acondicionadas, carentes de iluminación propia..

    No hubo descanso. Las sombras continuaron ganando territorio.

    No hubo cena. Al menos no para él. A lo lejos escuchó el ruido de pisadas, las conversaciones de un grupo nutrido dirigiéndose al comedor.

    El sentimiento de animal acorralado se acrecentó tanto que pudo identificarlo como tal.

    Volvió a tirarse en el camastro e intentó conciliar el sueño.

    Era su única vía de escape.

    La comezón invadió su cuerpo paulatinamente. Primero los pies, luego las piernas, pasando por el tronco hasta llegar a la cabeza. Dio vueltas intentando olvidar esa molestia, buscando dormir y dejar atrás el martirio... por una noche, al menos por una noche.

    Nuevos rumores, al fondo del corredor, le indicaron el regreso de los presos a sus celdas. Los murmullos continuaron por espacio de media hora, después reinó un silencio espeso, roto esporádicamente por el eco de algún objeto al caer al suelo o por el sonido de un chorro de orina golpeando la bacinica metálica.

    Se puso en pie y caminó hacia las rejas, aferrándolas, tratando de convencerse de que no había ninguna salida, nada que hacer...

    Regresó al camastro, cerró los ojos. Tuvo la impresión de estar cruzando el umbral de la vigilia. Incluso logró pescar un trozo de sueño: su prima, en cuclillas, cortando fresas en el patio trasero, sus dedos suaves recorriéndole la pierna... En algún lugar de su cerebro surgió la conciencia: esas caricias eran reales. De un solo impulso consiguió sentarse, buscando ya al dueño de las manos. Nadie, nadie en absoluto. "Es tu nerviosismo", se dijo a manera de regaño y volvió a bajar los párpados.

    Despertó más tarde, al sentir cómo el camastro se combaba por un peso humano a su lado. Su instinto lo hizo pegar la espalda a la pared. Nada. Buscó en la escasa penumbra y en la pared de la izquierda creyó distinguir un movimiento furtivo. Se incorporó, los vellos erizados, los dedos en puños temblorosos. Un espejo dañado le devolvió su imagen. "¿Ves?, todo es producto de tu imaginación", se consoló a sí mismo.

    La sensación de que alguien lo acechaba se prolongó toda la noche, hasta ya entrada la madrugada. Los primeros rayos del sol parecieron limpiar aquel cuarto de sombras. Para ese entonces ya tenía un dictamen: en definitiva había algo maligno ahí, algo que aprovechó todas y cada una de sus dormitadas para atacarlo de alguna manera: a veces era la cama que parecía cobrar vida e intentaba asfixiarlo, a veces un dedo frío recorriendo su espalda o sólo una extraña fuerza que jugaba con las líneas de su mano...

    Lo que fuera que habitara aquella celda, se percató a la primera de que era eso lo más tormentoso: no soportaba sentir como las líneas del destino se movían, retorciéndose, reptando de su mano y dejándola blanca, limpia, vacía como su vida. Todas las veces que lo experimentó, corrió hacia las rejas, hacia la luz, tratando de evitar la perdida de esas imprescindibles sendas al futuro.

    Durmió casi todo el día. Cuando despertó, un vaso de agua y un plato, que contenía una especie de atole, yacían junto a sus zapatos. No puso reparos al aspecto, ingirió el contenido y volvió a acostarse con la esperanza de despertar hasta el día siguiente.

    El sueño no estuvo dispuesto a complacerlo. Esa noche las sombras lo llamaron por su nombre, la cama tuvo tentáculos que trataron de estrangularlo e, incluso, cuando trató de huir hacia un rincón, le pareció contemplar dos ojos luminosos que lo miraban agresivos, amenazantes...

    La sexta velada fue peor. Las sombras ya no parecían respetar el umbral del sueño, su poder lo había trascendido, manejándolo: se estaba transformado en un sonámbulo de dificil despertar.

    En esa oportunidad, las voces incluyeron su nombre en medio de un conjuro. Pudo verlas en un rincón, trazando sortilegios con el líquido de ese charco que su mente adjudicara a la gotera y que ahora se revelaba como compuesta de sangre...

    Las sombras se desplazaban con movimientos entrecortados, a veces rápidos, otras excesivamente lentos. Entre los pies de los seres, cosas amorfas parecían seguir el ritmo. Reptiles, batracios, quizás gnomos se unían a esa danza demente.

    Los ritos se prolongaron hasta la décimo tercera noche.

    En aquellas siete lunas ajenas, invisibles, vedadas, el horror cobró paulatinamente mayores dimensiones.

    En la octava él rompió su mutismo: en algún un momento los conjuros convocaron a un extraño y gigantesco lobo que se acercó a olfatear su camastro. Él se incorporó y corrió hacia las rejas sólo para encontrarse con otra sorpresa. Ahora estaba preso en una cueva situada en la pared escarpada de algún remoto paraje. El lobo lo seguía.

    Aferró los barrotes en un intento desesperado de huir. Cuando sintió los colmillos hundiéndose en su carne, trató de gritar. Su garganta sólo pudo producir sonidos guturales; de inmediato se percató de su real estadía, descubrió un resquicio y por él escapó de esa pesadilla. Se encontró al lado de la reja, apretando todavía los barrotes, parado, queriendo huir... y aún cuando se supo despierto, siguió intentando gritar hasta lograrlo, hasta atraer a los guardias, esos que antes muy rara vez se presentaran.

    Gritó, todos y cada uno de los días y las noches subsecuentes, olvidando el temor al ridículo, a la vergüenza de confesar su miedo a la oscuridad —no había nada concreto a lo que temer—. Gritó y volvió gritar, pidiendo que lo cambiaran de celda o cuando menos le pusieran un compañero. Nunca fue escuchado.
    En busca de un remedio, permaneció despierto durante dos días y dos noches con la esperanza de que la fatiga exorcizara y venciera todas esas aberraciones. Nada. Nada resultó. Las sombras cada vez eran más amenazantes, más reales, fortaleciéndose, haciendo de sus danzas un delirio vertiginoso.

    Las noches lo estaban acabando.

    El treceavo día se miró al espejo, estaba irreconocible, enjuto, amarillento. Sus ojos ya presentaban el brillo de la locura. Dos bolsas oscuras colgaban bajo ellos...

    El miedo lo atacó en cuanto los primeros rayos del sol se volvieron rojizos. La tenebra llegó lenta pero con toda su carga, con todo su peso. Las sombras eran mucho más densas. Los cánticos inundaron la celda y esta vez pudo observar toda clase de espectros y animales demoniacos ejecutando un rito ancestral de insospechadas consecuencias. Sus danzas superaban todo lo visto en anteriores ocaciones, alcanzando un frenesí extraordinario, uno que parecía multiplicarse geométricamente, conforme en el firmamento iban ascendiendo las estrellas.

    No podía hacer nada. Se acurrucó, como otras veces, en el camastro, buscando en él su atalaya. Trató de hacer caso omiso a las actividades de aquel pueblo oscuro y etéreo.

    Hacía mucho que perdiera el conteo de las horas, pero quizá debido a los mitos o a las tradiciones, le pareció que eran las doce en punto cuando la ventana tapiada cambió su aspecto. Una mancha oscura creció en su centro, siguió extendiéndose, transformándose en lo que parecía un pasadizo infinito, breoso y de paredes irregulares, imposibles... 

    A la tétrica letanía, empezó a unirse un rumor. Primero lejano, impreciso que, poco a poco, fue adquiriendo visos de significado. Pulmones en colapso y llenado. O quizás algo más extraño. Suerte de agallas en aleteo rítmico... Una respiración cavernosa, enfermiza, burbujeante, con emanaciones sulfuricas que empezaron a saturar el lugar.

    Primero llegó la asfixia, ese aire que quemaba sus pulmones. Después vinieron las imágenes a su mente. En loca cascada, en arrebatado flujo. Saltó sobre piernas que flaqueaban, amenazaban con arrojarlo al suelo. Buscó las rejas. El grito murió en su garganta. Tras ellas sólo estaba aquel paraje rocoso que vislumbrara con anterioridad. Su celda era otra vez el interior de una cueva situada en una de esas dos paredes rocosas que conformaban un oscuro y profundo cañón.

    Buscó nuevos resquicios de escape del sueño —tenía que ser un sueño—. Acudió a recetas tradicionales. Las uñas contra su piel. La cabeza estrellada repetidamente contra las barras... El viento de cañada no se extinguió... Tampoco lo que gorgojeaba a sus espaldas en medio de esa música orgánica, tribal, primitiva... Se dejó deslizar hasta el piso, cansado, apabullado por la incompresión y el miedo, sin apartar las manos de esa frialdad metálica y cilíndrica.

    Los cantos, aun cuando ya parecía imposible, alcanzaron un ritmo mayor, demencial, en vorágine absoluta que devoraba los pesados respirares. En proporción a la vertiginosidad, se produjo en él el fenómeno del entendimiento: por primera vez comprendía aquellas plegarias en esa lengua extraña, primigenia.

    Las sombras parecieron darse cuenta de ello. Empezaron a repetir su nombre con mayor vehemencia, con mayor premura.  Los versos de extraña rima dejaron de taladrar sus oídos... Parecían imponer una droga en sus circonvoluciones, a la vez que iban saturándolas con vívidos pasajes, conceptos inscritos en El Libro de Eibon. en La Vera Historia de los Bolcanes de la Nueva España. Conceptos que pese a sus esfuerzos no entendía, ya no debido al desconocimiento del lenguaje sino a lo estrecho de su saber esotérico...

    La danza derivó. Un mar que se rompe. Una nube negra fragmentándose en dos. Las pequeñas figuras se deslizaron hacia su costado, en ese flujo estroboscópico de músculos fantasma, de rostros cambiantes.

    Manos diminutas extendiéndose imperceptibles hacia su piel. Genuflexiones torcidas que parecían restar solemnidad al rito... o agregar una nota más de inconprensibilidad al suceso... Manos deslizándose como serpientes, repeliéndolo como imanes de la misma polaridad.

    Se miró a sí mismo avanzar. Los pasos arritmicos. Atenazados de pronto, elásticos al siguiente segundo. Y las manos... las manos invisibles empujando por detrás, sin tocar... Sólo esa suerte de telesensoría, esa percepción de dientes clavándose en la carne cuando aun el mastín yace tras sus propias rejas... Cuando jamás la carne ha vivido ese momento de dolor... fuera de lo onírico.

    Y mientras se sentía orillado hacia aquel pasadizo, introducido a las primeras órbitas de ese halo maléfico y miasmático, comprendió que todo era una puesta en escena, que todo aquello no era sino parte de ese ritual cruel y macabro.

    Trató de oponer mayor resistencia. De anclar sus plantas a esa parte del suelo. Sus pies sólo cobraron mayor empatía con el ritmo generalizado.

    El primer núcleo de sombras se congregó en círculo abierto, aguardando su llegada. Al centro, una retorcida estructura de piedra resplandecía con luz negra. Copa insolente con cazoleta de aristas irregulares, rotas; de base contrahecha y labrada con excesiva maestría en líneas que su cerebro no era capaz de identificar. Lineas yuxtaponiéndose, avanzando más allá del pétreo material, más allá de las tinieblas.

    Las voces lo cercaron. Adelante y atrás. Cántico uniforme, monótono, transformado en canon:
    "Agol ya despunta
    Agol ya arrastra sus pasos
    a través del podrido pantano del cosmos
    a través de las sórdidas mazmorras de Tezcatlipoca
    de las sendas que las cenizas del Orden han dejado como guía"

    Los versos, al igual que la cadencia, iban en crescendo, exponencializándose a sí mismos.

    Un resplandor rojizo comenzó a iluminar la cueva. Las paredes estaban cubiertas de dibujos rituales hechos con sangre. Dibujos en que reconoció los trazos de aquellos seres que durante tanto tiempo lo mantuvieran en tormento.

    "Atlacánach", corearon las sombras y en el pasadizo se escuchó el rumor de una enorme mole reptando, arrastrándose hacia el umbral de aquel túnel asimétrico. Viscosidad motora, quizás tentáculos aferrando las locas irregularidades de aquel conducto...

    Lo que alcanzó a distinguir, surgiendo apenas del umbral, fue la síntesis de todos sus miedos, el compendio de todos sus terrores, de todas las pesadillas de sí mismo.

    En medio de aquel horror amorfo y burbujeante; en el extremo de esa mole que algo tenía de vermiforme, algo de insecta o molusca; en el extremo último, que perseguía el borde de la pétrea copa, sobre la textura de indiscriptible tacto, de apariencia abombada, se prefiguraba una suerte de rostro en plena metamorfosis. Un rostro de detalles móviles en los que aún pudo distinguir sus propios rasgos.

    El pánico se instaló en sus fueros. Su cuerpo pareció ser sacudido por una serie de órdenes contradictorias, carentes de lógica, rutina... algo conocido.

    Parálisis. Casi absoluta.

    Sus pies continuaron la locomoción mientras las sombras cerraban el círculo tras él, lo abrían en el punto opuesto, justo a tiempo para dejar al ser escurrirse, vomitarse sobre la copa a que él confluía.

    Sus percepciones parecieron alcanzar el punto máximo de elasticidad. Una negrura dominó su visión. Un glaciar pareció decantarse sobre sus deseos de huir hacia el paraje rocoso.

    Sintió la misma desesperación que experimenta una persona abandonada a mitad del océano, sin saber nadar. Poseía la conciencia de su muerte próxima, la asfixia de aquel ambiente que lanzaba zarcillos por cada resquicio de su anatomía, de sus poros mismos.

    "Agol señala el camino en la estepa sin nombre donde
    irascible e inconforme el preso Atlacánach aguarda la
    inmolación de su víctima, elegida entre todas las demás
    elegida bajo las violáceas luces crisálidas de nuestros mayores
    elegida bajo el manto inicuo de la desesperanza hecha débil carne
    En este mundo sin brazos..."

     Corearon las sombras en el mismo momento en que él, habiendo cedido el control de su cuerpo al animal asustado que yacía en un rincón de su cerebro, tomaba el control de sus brazos, de sus puños, los proyectaba hacía las fauces de ese horror incatalogable, en un demente afán de supervivencia...

    Y sus pies robóticos. Y su cuerpo hecho una estatua. Y sus brazos veloces, imparables. Ciegos, como todo él... Como el mismo ser en frente suyo...

    Sintió que un filo hendía sus venas. El dolor fue suficiente, despertó de su sonambulismo.

    El dolor no desapareció. Aumentó por un instante... Mientras caía...

    El espejo roto frente a él. En su mano, un trozo de cristal manchado de sangre. A su alrededor volvía a distinguir las paredes de la celda; sin embargo, como si fuera la proyección de una película sobre una superficie opaca, también distinguía los contornos de aquella caverna cubierta con dibujos rituales...


    Quiso arrastrarse, gritar. Ya no le quedaban fuerzas: una sombra informe, más solida que cualquiera de las otras, se mantenía pegada a la herida en sus venas.

    Sangre que escapa, se pierde entre las grietas del suelo. Sangre sorbida, en la proyección. Bombeada a un lugar más allá de la ventana inútil, más allá de la pared estragada que constituía el único panorama que podía ofrecer...

    Sangre que se escapa con la consciencia.

    Mientras se desvanecía, todavía alcanzó a escuchar un fragmento del cántico:

    "... venido al territorio de las sombras para alimentar
    tu hambre milenaria, Atlacánach de..."

    Y a ver la sonrisa lobuna de un carcelero que, más allá, alejado de las rejas, asentía satisfecho.

    Ni siquiera le quedaba aliento para gritar...

A Mirna y Pilar, por el
insomne Michoacán


A los integrantes del Círculo,
vivos y muertos.

26.9.09

LIBERTAD 3 SUR


©1988, José Luis Zárate | 

Era una casa antigua, de paredes gruesas y jardines muertos en una calle en donde las puertas pesadas de chirrantes goznes eran muchas. Nada distinguía a la Libertad 3 Sur de las otras casas. Excepto un detalle siniestro: no tenía antena de televisión. Nunca se escuchaba música de radio en ese lugar. Nadie veía luces en la noche. Murmullos y chismes. Había un niño de 10, 12, 7, X años que no jugaba en el jardín ni gritaba ni hacía escándalo como otros niños. Una abuela arrugada, seca y silenciosa que iba al mandado sin sonreír nunca y sin participar en ningún chisme. Extraña con su ropa intemporal de color negro. Asistía a misa todos los días frunciendo el ceño con los sermones del sacerdote.

Padre —dijo una vez en el confesionario— me acuso de criticarlo, extraño el fuego eterno, el infierno, las almas arrojadas al hirviente aceite de los pecados... era tan bonito oírlo, tan tranquilizador saber que nunca me iba a ocurrir, ahora habla de perdonar, de comprensión. Padre ¿Dios se ablandó?


Jorge, el niño, nunca salía de casa. Su universo eran siete cuartos, un desván, tres roperos, el baño, la cocina, un ridículo sótano que era sólo un cuarto subterráneo y la biblioteca. Los techos de vigas eran su cielo, la oscuridad y las penumbras su sol. Estaba bien alimentado, bien vestido, bien cuidado. No era una víctima. Su abuela no era siniestra y sus charlas tranquilas y lentas de muerte, fuego celestial, castigos eternos y demás no influían en la imaginación del niño.

En la noche no había preguntas, aceptaba el lejano rumor del tráfico, el esporádico retumbar de un avión, como aceptaba el rechinar de la madera y el áspero roncar de la anciana.

Sabía leer. La Biblia. El Corán. El Talmud. Creía en ello como en John Carter y Tarzán. Realidades fuera de su realidad. Pellucidar estaba ahí, bajo sus pies. El Reino Subterráneo era cierto, pero él estaba arriba y si alguien narrara su vida nadie iba a creerla. El Necronomicón.

La Abuela despreciaba la biblioteca. Tonterías, juegos de niños. Jorge leía y eso era bueno. Una molestia menos.

Una noche la abuela oyó el sonido rítmico, la respiración afanosa de Jorge, el jadeo y la exhalación. Al día siguiente mandó al niño a lavar sus sábanas. La vida seguía su curso. Tenía que llegar el momento.

La anciana no ignoraba que, después, vendrían los cambios, las dudas, el ansia, la despedida, el abandono, los bisnietos, la muerte. Bien, que vinieran.

Pero observaba a Jorge como queriendo retenerlo, intentando grabar en su mente todos sus movimientos. Por él abrió las ventanas. Jorge se asomó al mundo exterior y, la verdad, no era la gran cosa. Escenario. Nada más.

Einstein y sus fórmulas fueron descifrados un día de tantos mientras el Necronomicón era abandonado por aburrido. Día a día, noche a noche, el sonido rítmico. El jadeo. La exhalación.

La abuela lo sentó en sus rodillas sintiendo un peso mayor a sus fuerzas y le contó lo que ella sabía del sexo. No mucho, sólo que el hombre penetraba a las mujeres, como ella — pero más jóvenes — y dejaba en su interior un niño. Jorge no le vio nada interesante al asunto. Debía salir y conseguir una mujer, y hablarle, y hacerle el amor y vivir con ella, todo para tener un niño que él no quería. Jorge sonrió. Otro día, tal vez.


La Vera Historia de los Bolcanes desplazó, poco después, a Einstein. Martín Díaz hablaba de historias diferentes a la historia. Jorge imaginó una vida distinta a su vida. Terrible, por cierto, horrible perspectiva. Fascinante.

Drake y la astronomía, Hiller-Mosloveck y las matemáticas, Du Bois y las paradojas. Quiromancia y Alquimia. El moderno Prometeo y las viejas leyendas. Noches árabes y Rimas Profanas. Las alternativas, los universos paralelos, las existencias diferentes ya eran una realidad. Una vida diferente a su vida, un Jorge diferente a él mismo. Una casa distinta a esa casa.

¿Qué clase de arañas habrían a sus rincones? ¿Qué ratones vivirían tras los muros? ¿Qué historias contarían las abuelas?

Fue cosa de un instante unir la especulación con los experimentos, las velas negras y conjuros a las fórmulas matemáticas y los vectores de fuerza. Martín Díaz y la arquitectura de los mayas, El Necronomicón y sus conjuros matemáticos.

Jorge, el niño, estaba feliz.

La abuela no. Ya no. Algo estaba pasando. Algo que se alejaba de los rieles de la rutina, algo contra el paso de los días. No le preocupó que un día no amaneciera, que una noche pertinaz se distribuyera por toda la casa, ni escuchar los sonidos de seres al otro lado del tiempo. Jorge le hablaba de sus proyectos, puso sobre la mesa un ser inmundo que no podía ser muerto, le regaló un collar que murmuraba el mar. Pero no mencionaba a las mujeres, ninguna llegó a casa, no escapó en busca de una, no quería más compañía que la de los libros y la del estúpido sótano que no lo era.

Una vida diferente a su vida, decía el niño. Y la abuela temblaba, temiendo. La iglesia ya no era una ayuda, ya no era una fuerza capaz de arremeter contra temores, contra la conciencia de que Jorge se alejaba, que ya no era suyo, que su cauce le era ajeno. Lloró sin saber por qué. Sintió perdido a Jorge cuando aún lo tenía ahí.

Y, una noche, el niño desapareció.

La abuela despertó gritando en sueños y no escuchó nada. La casa había callado. El vacío perfecto que sólo conocen los que mueren en una explosión. Pero ella no murió, no mucho, en realidad. Simplemente lo justo al recorrer toda la casa sin encontrar a nadie, nada. Al bajar al sótano y ver los libros destruidos, los muebles deshechos, un caudal de destrucción que, al parecer, giró sobre sí mismo tomando como centro un círculo pintando en el suelo, borrando sus letras y grifos.

Jorge no se había ido en busca de una mujer, Jorge había huido. Ella estaba sola.

Días. Nostalgias. La pequeña muerte de la sustancia. La abuela cayó en cama. Moría por partes, alucinaba silencios.

La última noche escuchó un ruido, un estruendo increíble, como si, desde el sótano, algo fuera vomitado violentamente.

— Jorge —graznó—, mi niño.

Pero no pudo levantarse. Escuchó los pasos familiares, la puerta abrirse, el aura de su nieto. Ella veía el techo, incapaz de moverse, sintió el peso que subía a la cama, las manos que recorrían su cuerpo, el respirar afanoso que antes sólo escuchaba de lejos, ahora junto a su oído. Sentía que algo pasaba en su interior, que algo avanzaba dentro de su cuerpo. Quiso gritar, alejarlo, pero no podía. Miró la cara frente a la suya. Era Jorge, su niño. Y no lo era. Era un Jorge distinto a su Jorge. Un humano que no era humano. Un ser diferente, una realidad alternativa. Alguien que devoraba su interior, que se nutría de su carne. Un ser de piel tibia y caricias lentas, ella sintió que el tiempo volvía atrás, que terminaba es ese instante. Fue una jovencita atrapada en el orgasmo, la anciana en el límite de la muerte. Las dos una, unidas a Jorge que ya no era un niño, que no era nada conocido más que placer y muerte. Jorge exhaló su aliento, jadeante y sobre la cama deshecha no había otra cosa que él, sólo cenizas, un aroma acre en el ambiente.

Silencio.

Jorge había buscado una mujer, después de todo.

20.7.09

La teoría de la hamburguesa

©1998, Bernardo Fernández |

Advertencia a manera de prefacio:

Esta ponencia parte de un silogismo y una cita; no pasa de ser la reflexión de un lector que incidentalmente escribe ciencia ficción, por lo que el ponente debe hacer dos aclaraciones preliminares: (1) No cree en la existencia de la neta, por lo que no pretende ser portador de la misma y (2) Por lo establecido en la advertencia número uno, no busca ofender a nadie, por lo que no acepta reclamaciones (y básicamente le vale madre si las hay).

Primero el silogismo, y perdonen lo burdo que es, pero ayuda para los fines de esta plática:
"Si la literatura es el alimento del espíritu, entonces se puede establecer un parangón entre el valor literario de una obra y el valor nutricional de un alimento, aplicando el mismo criterio para determinar ambos", ¿okey?.

Ahora, la cita:

Stephen King declaró: "Soy el equivalente literario de una Big Mac", y aunque se arrepintió de haberlo dicho en el instante mismo que dijo la última palabra de la frase, nos cae de perlas para exponer la teoría de la hamburguesa, que sin más preámbulos postula como axioma:
"Escribir géneros es a la gran literatura lo que cocinar hamburguesas a la alta cocina".
No está de más acotar que la palabra literatura viene del griego littera, que significa "letra", y que se refiere a lo que está escrito y que por lo tanto se lee. Pero no entraré en la complicación de definir qué es literatura y que no, ni en discutir si la ciencia ficción en particular y los géneros en general son literatura; la respuesta, me parece, es evidente. Aunque los grandes chefs jamás cocinen hamburguesas no significa que nunca las coman.

Ahora les pediré que imaginen a la peor de las hamburguesas, una masa amorfa y grasosa de soya y carne molida (popular), frita en grasas saturadas, con un trozo de plástico amarillo mal llamado queso americano derretido encima, envuelta en un omnipresente bimbollo, salpicada de hojas de lechuga en el umbral de la putrefacción y ahogada en litros de mostaza y catsup de esa con la que se pueden pulir botones de metal. ¿Qué es lo que tenemos?. "El vikingo espacial", ni más ni menos (juro que hay una novela llamada así).

En esta categoría de hamburguesas podemos guardar toda clase de subproductos, que de ciencia ficción tienen sólo los elementos periféricos. Puro adorno, lo que David Pringle, tomando el término de J. Forrest Ackerman, llama Sci-Fi: ciencia ficción basura.

Los ejemplos abundan, todos los conocemos, tanto en libros como en películas y comics, y si aplicáramos a priori la ley de Sturgeon, el 90% de la ciencia ficción que se produce cae en esta clasificación. Pero en este caso no aplicaremos tal ley, ya regresaré sobre ello más adelante.
Pero se debe decir a favor de estas hamburguesas que si bien su valor nutritivo es nulo, es muy divertido consumirlas, y el que esté libre de pecado que lance el primer libro de Christopher Domínguez. Es lo que podríamos llamar el síndrome del Gansito Marinela: se le ataca por no ser alimento, pero nunca pretendió serlo.

A esta clasificación corresponde todo aquello que, al igual que su equivalente en hamburguesa, después de ser ingeridas o leídas, no aportan nada de provecho al consumidor, es decir, su valor nutricional es nulo.

En el extremo contrario de la clasificación hamburgueseril nos hallamos con una hamburguesa hecha de carne magra de primera, quizá cocinada al carbón para evitar freírla, aderezada con lechuga y jitomates frescos, todo ello envuelta en una hogaza de pan integral. 100 por ciento nutritiva, pero de alguna manera parece faltarle algo, carece del swing de sus contrapartes chatarreras. A esta clasificación pertenece el total de la ciencia ficción rusa, por ejemplo, y los más radicales exponentes de la llamada ciencia ficción dura: Arthur C, Clarke, Isaac Asimov, Larry Niven y Fred Hoyle, por dar sólo unos ejemplos (y de nuevo, quien no se haya saltado quince páginas de Mundo anillo buscando más historia y menos clases de ingeniería, que lance la primera piedra).

Ojo, no estoy diciendo que sean malos escritores, o aburridos, me refiero simplemente a que a veces resultan muy áridos; caen en lo árido, eso sí, con un alto nivel nutricional.
En este punto surge la pregunta obligada que todo consumidor de hamburguesas debe tener bailoteando entre sus neuronas: "Bueno, pero, ¿Hay acaso un punto intermedio entre la comida-chatarra-pero-divertida y la nutritiva-pero-aburrida?

Aquí es donde se retoma la famosa ley de Sturgeon, pero sólo para su refutación. La ciencia ficción a la hora de las estadísticas, como casi todo en este planeta, tiene forma de campana. Campana de Gauss.

Y si me están siguiendo en la analogía del fast food, quizá ahora estén pensando, como yo, en el nombre de la empresa que sirve más hamburguesas diariamente. Ésa, la de la M amarilla.
La mayor parte de la ciencia ficción que se escribe, edita y lee en el mundo es como los productos de esa empresa transnacional: bien hechas, con un alto control de calidad y nivel de factura, un sabor agradable y sin embargo, si no se consume cinco minutos después de cocinada, pierde toda su gracia y sabe a plástico, además que después de comerse, la aportación al consumidor es apenas un poco más que mínima.

Ciencia ficción McDonald's.

No daré nombres de autores. No son los que llegan a la cabeza inmediatamente después de que alguien dice "ciencia ficción". Ni siquiera son los segundos, sino los terceros. Buenos narradores, pero con poca originalidad. Vale la pena leerlos, pero nuestras vidas no cambiarán en nada si no lo hacemos. Y jamás, entre ninguno de esos autores hallaremos a un revolucionario estilístico o temático.

Afortunadamente para todo consumidor de ciencia ficción, siempre habrá un lugar como Chazz. Una cadena mucho más pequeña, por lo tanto de acceso más limitado, aunque no imposible, donde las hamburguesas son mucho mejores que en los McDonald's, Burger Kings o Whattaburguers. No son la opción más nutritiva que pueda cualquier persona elegir, pero son bastante mejor alternativa que las hamburguesas de carrito. Parecieran tener lo mejor de dos mundos. Phillip K. Dick, Ray Bradbury, Harlan Ellison, Philip José Farmer, William Gibson, Bruce Sterling, Greg Bear, Rudy Rucker, Octavia Butler y Jack Womack son algunos de esos autores, para nombrar sólo algunos. Cada quien tendrá su propia lista, sin duda. Es la ciencia ficción que va siempre un poco más allá (o un mucho, como en el caso de William Burroughs, J.G. Ballard y Kurt Vonnegut, cuya obra a mi parecer ha logrado trascender la etiqueta de género para instalarse entre los autores contemporáneos más importantes del inglés).

Desde luego, la teoría de la hamburguesa ofrece matices intermedios entre las tres categorías anteriores. Un ejemplo de ello es por ejemplo, la hamburguesa de soya: parece hamburguesa, huele como hamburguesa y en el mejor de los casos sabrá como una. Pero no lo es, se trata del vehículo mimético de otro tipo de ideas extraliterarias. Doy casos: Joanna Russ que escribe catecismos feministas disfrazados de novelas de ciencia ficción, y L. Ron Hubbard, de quien hay poco que comentar.

O el caso de la ciencia ficción mexicana, que por momentos es una hamburguesa de carrito inundada en salsa chipotle, como lo que se ha dado en llamar nopal fiction.

Y sin embargo, ninguna de las categorías anteriores demerita a la obra por sí misma. La ciencia ficción, como el resto de los géneros, en una literatura de consumo (idealmente) masivo. Escribimos para ser leídos, y no para refugiarnos en el exclusivo panteón de los intelectuales exquisitos. El problema es que el mercado editorial de nuestro país es tan pequeño que, dentro de esta analogía, los críticos pretenden evaluar las hamburguesas con los mismos criterios con los que se clasifica, por ejemplo, un mole poblano, o una pierna de carnero a la menta. Sencillamente, son cosas diferentes, pero no por ello somos menos alimento para el intelecto.
Sólo somos el más divertido.

Lo anterior es un intento lúdico de clasificar nuestro quehacer narrativo, y no pretende de ningún modo establecerse como neta universal. Como toda buena teoría, es rebatible, perfectible y desde luego susceptible de ser superada. Nada menos en este momento trabajo en establecer un paralelismo entre ciertos escritores de ciencia ficción y cantantes o grupos de rock, en relación al impacto de su obra en el género. Así, tendíamos que Julio Verne equivale a los bluesmen precursores del rock and roll, H.G. Wells sería una especie de Buddy Holly, Isaac Asimov el Elvis Presley, Ray Bradbury sería Bob Dylan, Philip K. Dick equivaldría a los Beatles, Harlan Ellison a los Rolling Stones, William Gibson a los Sex Pistols, y así por el estilo.

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